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sábado, 21 de noviembre de 2009

NINA



A veces observo a mis gatos y me reprendo a mí mismo cuando veo lo delicado que resulta sobrevivir.
Ellos lo tienen nítido en sus genes e instintos como lo tenía Nina. Los gatos ni saben ni entienden de letras pero perviven.
Nina sabía y entendía de letras (como decimos por Chiclana), hasta el punto de que nadie llegó a subyugarla, ni mediatizarla, ni seducirla con caramelitos de goma de los que todos, o algunos, conocemos.

Eunice, -que así la bautizaron- era una extraña fruta de la Norteamérica profunda (Carolina del Norte, algo así como Palencia) que vivió desde niña el murmullo de Bach con el que se formó y del que no pudo huir (como otros que yo me sé).

Reflexiono en este jardincillo familiar sobre la belleza de la valentía que nos da la insensatez, y propongo escuchar a Nina con piano viejo saliendo del paso con la artillería de su formación.
Escuchemos el espíritu de la música. El avecrem de lo sencillo; el lenguaje sencillo del instinto.

Love me or leave me, así de claro. Con Bach en los dedos, Duke y otros no menos peligrosos, le mando un cariñito, allá donde esté, a Nina, y que me responda como quiera.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Bist du bei mir, Rolando.



De casualidad he encontrado esta versión sorprendente del "Bist du bei mir", por Rolando Villazón y Natalie Dessay.

No he sido nunca una apasionada villazonista pero poco a poco voy entrando en razón. Es un placer visitar, y quedarse un ratito en http://rolandovillazon.blogspot.com/ para disfrutar de un menú operístico de lo más variopinto.

Aquí dejo nuestro Bist du bei mir de siempre (aunque antes pensáramos que era de Bach y ahora sea de Stölzel) en una versión muy novedosa.

jueves, 16 de abril de 2009

FELICIDADES, HERMANO

La primera vez que escuché el Passacaglia de Bach fue aquel día en que Weto me dijo,
-"He compuesto algo sencillito. Escúchalo. Te va a gustar...".
Los ojos se me salieron de las órbitas cuando empecé a escucharlo.
Weto, riendo, me decía,
-"Gordirremoflis, con qué ojos me miras que puedes creer que esta maravilla es mía...¡¡ES DE BACH!!".
Comprendí al instante que Anna Magdalena se prendara de Johann Sebastian con sólo escuchar los primeros compases de esta obra...¡Cómo sería escuchar a Bach, en su juventud ,interpretando el Passacaglia en el órgano de Santo Tomás!.
Poco después, en Tenerife, sería mi hermano Matías quien me mostrara la orquestación que Stokowski hizo de esta obra, para la Orquesta de Philadelphia.Su puesta en escena siempre era fantástica.
No pasaban dos segundos desde que colocaba el cd y ya tomaba posición en el inexistente atril, para dirigir esa grandiosa orquesta imaginaria que llenaba el saloncito de su casa.
Él vibraba con "la mejor sección de cuerda del mundo" y todo eran aspavientos, mientras yo le animaba entre risas,-"Eres mejor que Karajan".
La segunda parte del concierto solía ser la sinfonía "Jupiter" de Mozart. Matías, bongós en mano, confeccionaba un "continuum" inusitado que me retumbaba dentro y hacía bailar al "ritmillo" de Mozart a todo bicho escuchante en diez millas a la redonda.
Ayer, en una conversación con un amigo, mencioné a Primo Lèvi.
Tú me lo enseñaste. Como a Russell, Böhl, Pèrec, Hesse,...
Estás en tantos recuerdos y en tanta satisfacción, tanta belleza...Te deseo toda la felicidad posible e imposible, en tu cumpleaños y en todos esos días que no podré vivir a tu lado.
Felicidades, hermano.

martes, 19 de agosto de 2008

En el principio estaba Bach, el único.


Allá por el año 1978 emitían en TVE un programa llamado "Parlamento". Creo recordar que lo veía los sábados por la mañana después de la sesión infantil. El espacio trataba sobre el Congreso y el Senado y sus novedades, reservando un espacio final para presentar a un senador o un congresista en su vida cotidiana. La temática del programa en cuestión no parecía especialmente atractiva para los infantes que veían truncada la sesión matinal con las imágenes de tan serios señores en sus serios quehaceres, pero ese programa tenía algo maravilloso, la música de cabecera.


Todos los sábados esperaba con ansia escuchar esa música, para mi totalmente desconocida. Durante años me mantuve expectante ante cualquier noticia que pudiera conseguir sobre esa pieza musical o su autor, hasta que dos años después, de pura casualidad en el colegio, escuché un fragmento de unos segundos de esta pieza que pude identificar inmediatamente. Mi profesora de música, no muy docta en la materia, sólo pudo decirme que era de Bach.


Con los ahorros de mi cumpleaños fui, acompañada por dos amigas, a la única tienda de música clásica que había en mi ciudad en aquella época (ahora creo que no hay ninguna), y como pude, expliqué al encargado lo poco que sabía de la pieza musical que estaba buscando. Me preguntó con muchísima paciencia sobre su duración, si era una pieza vocal o instrumental, si predominaba algún instrumento... Entonces escogió un disco y fue pinchando una a una todas las piezas del vinilo. Tras un sinfín de pruebas la encontré. Era la Badinerie de la Obertura-Suite orquestal número 2 de Johann Sebastian Bach y llegado este punto me dio una risa floja que me saltaba las lágrimas. El disco, de la casa Supraphon con el director Milan Munclinger al frente de Ars Rediviva, me costó setecientas pesetas, y lo cargué hasta mi casa como la joya que era. Lo puse tantas veces que mis hermanos e incluso mi padre en cuanto terminaba una pieza ya silbaban el comienzo de la siguiente. Asumo el mérito de haberles implantado en el cerebro de por vida la suite orquestal nº 2 de Bach, aunque hasta el momento no me lo han agradecido.


Han pasado muchos años pero el divino Bach se muestra imponente como el primer día, en todas sus obras grandiosas y en estas pequeñas maravillas.


Gracias por mi Badinerie. Gracias, Bach