A veces observo a mis gatos y me reprendo a mí mismo cuando veo lo delicado que resulta sobrevivir.
Ellos lo tienen nítido en sus genes e instintos como lo tenía Nina. Los gatos ni saben ni entienden de letras pero perviven.
Nina sabía y entendía de letras (como decimos por Chiclana), hasta el punto de que nadie llegó a subyugarla, ni mediatizarla, ni seducirla con caramelitos de goma de los que todos, o algunos, conocemos.
Eunice, -que así la bautizaron- era una extraña fruta de la Norteamérica profunda (Carolina del Norte, algo así como Palencia) que vivió desde niña el murmullo de Bach con el que se formó y del que no pudo huir (como otros que yo me sé).
Reflexiono en este jardincillo familiar sobre la belleza de la valentía que nos da la insensatez, y propongo escuchar a Nina con piano viejo saliendo del paso con la artillería de su formación.
Escuchemos el espíritu de la música. El avecrem de lo sencillo; el lenguaje sencillo del instinto.
Love me or leave me, así de claro. Con Bach en los dedos, Duke y otros no menos peligrosos, le mando un cariñito, allá donde esté, a Nina, y que me responda como quiera.